Una fresca!!!

Pequeños Placeres

Marzo 28, 2008 · Dejar un comentario

peinate_bookToda rutina, por aplastante que sea, cuenta al menos con un instante de placer. Claro esta que estos placeres difieren tanto como difieren nuestras personalidades, puedo citar para dar un ejemplo el caso del oficinista que disfruta su café de la mañana como si se tratara del mayor de los placeres del olimpo, o aquella ama de casa que encuentra en la telenovela de la tarde la excusa para desconectarse al menos por un momento de sus obligaciones. Cada uno de nosotros, los que por una razón u otra tenemos armada una rutina diaria hemos reservado momentos pura y exclusivamente nuestros… para nuestro placer, para mimarnos, para poder cortar la monotonía y hacer el día un poco mas agradable.

Como dije antes, cada placer es propio de la persona y de su circunstancia, en mi caso, pude reservar unos minutos de mi día para la lectura (que es mi placer), mas precisamente la lectura de blogs que es lo que las circunstancias me permiten leer. Esta nueva costumbre me ha llevado a conocer escritores contemporáneos de los cuales muchos aun no han publicado ningún libro pero que vuelcan sus palabras en sus blogs y son excelentes, otros que sin ser escritores no dejan de ser geniales, ya sea por innovadores, por ingeniosos, por inteligentes o por locos.

A todos ellos les agradezco de corazón por compartir sus cosas conmigo, con nosotros , por hacer que mi rutina diaria no sea tan agobiante y por lograr que en mi día todos los días haya un momento esperado.

Escogí este blog ( http://revistapeinate.wordpress.com/) que realmente me gusta mucho para recomendarles y les dejo una pequeña muestra de lo que allí pueden encontrar. Próximamente traeré mas recomendaciones.

La droga de la felicidad

Cuento
(Por Jose Playo, Extraido de ”peinate que viene gente”)
http://revistapeinate.wordpress.com/

Dejo esto en claro: yo no estuve de acuerdo con el nombre del proyecto.

En esta silla, escritorio de por medio con el caribe, rememoro los pormenores de lo acontecido y sonrío entre líneas mientras escribo.

No me distraen las manos hábiles de esta nativa en pelotas que acaricia mi pelo. Tampoco me preocupa que lea mis papeles: no hablamos la misma lengua, ella sólo entiende el dialecto local.

En su boca mi nombre suena como si estuviera masticando coco. Puros chasquidos.

Yo la he bautizado “Perla”, a secas.

O “Perlita”, cuando cae la noche y me enciendo de felicidad.

—Venga, Perlita —le digo, palmeándome un muslo, y ella viene y asienta sus nalgas caribeñas turgentes en mi regazo.

Nueve kilos bajé desde que vine.

¿El aire del mar? ¿La dieta frutal? No; Perla y sus exigentes posturas amatorias, para qué me voy a engañar.

Un hombre dormido y gordo, eso era yo.

Un científico aburrido en su guardapolvo, vertiendo líquidos de color ámbar en pipetas, haciendo hervir sustancias espesas en quemadores individuales.

¿Qué sabía de copular aturdido por el ruido de las olas?

¿Qué sabía de los placeres encerrados en la carne prieta de una adolescente morena con pechos de sal?

Un gordo aburrido, eso era.

Hasta que llegó Jacobson y me propuso trabajar en La droga de la felicidad.

—Un brebaje para quedar pelotudo de contento —lo definía, simplista, Jacobson.

Nunca aceptó que yo quisiera usar como eslogan una frase un tanto más comercial. Chocamos de entrada con Jacobson. Él pretendía que yo me limitara a llevar el registro del experimento.

—Vos escribí, gordo —me decía con un ademán despectivo—, vos sos bueno para la parte testimonial.

Y al principio hice eso; detallé la fórmula, sus componentes, las dosis que les suministramos a unos monos de Nueva Guinea, animales que en poco tiempo se convirtieron en ejemplos vivos de la felicidad. ¡Cómo bailaban!

—Mi ukelele, tengo que trabajar —le digo a Perla ahora.

Ella nunca se cansa de sobarme, de besarme. Yo me empeño en llenar estos papeles porque el tiempo apremia. Le digo a Perla mediante señas que me espere en la cama, que ya voy. Si algo me enseñaron los monos de Nueva Guinea es que la comunicación puede prescindir de las palabras.

Los monos eran vivísimos.

Jacobson también:

—No voy a entregar la fórmula jamás —le dijo a la Comisión Directiva del Instituto cuando le pidieron un informe de sus avances—. Con esto me voy a hacer rico, no pienso darles un centavo a ustedes, vampiros de la multinacional.

Después volvimos al laboratorio y antes de ponernos a trabajar, me aclaró:

—Y si vos llegás a publicar alguno de estos resultados te meto un tiro en la cabeza.

Jodido, Jacobson.

Este mundo está lleno de gente que busca alternativas para reinventar la felicidad. Pienso en él mientras el sol se recuesta sobre la superficie irregular del mar.

¿Cuánto me costó llegar acá? La gente que diseña los folletos sabe dónde golpea: “desayunos frutales, una dieta abundante en pescado, el canto de las aves exóticas, la vegetación selvática y el cuerpo de las nativas, mujeres que enamoran tan sólo con mirar”.

Ja ja.

Río entre líneas.

Encontré a Perla una tarde en la playa. Ahora estoy en su cabaña. Ella me espera en la cama, con los ojos encendidos y el cuerpo adolescente hirviendo de hormonas y pasión centroamericana.

“Mujeres que enamoran tan sólo con mirar”. ¿El embrujo de la voluntad tropical?

Ja ja.

Y no siento culpa, ojo.

Cuando Jacobson me convocó para llevar el registro del experimento, confieso, no tenía idea de qué tan lejos estaba dispuesto a llegar. Un hombre desconoce sus límites hasta que un folleto le muestra la verdad.

Volteo la cabeza y observo a Perla tomando la pastilla.

Ha desplegado su cuerpo sobre las sábanas y mantiene en el aire una pierna larga y torneada.

Me mira. Se toca los pechos y me mira.

Estoy escribiendo estos resultados a sabiendas de que mis colegas pedirán mi cabeza cuando se hagan públicas estas notas.

Allá ellos. Tengo 70 años, ¿cuánto me puede quedar?

Jacobson seguramente estará buscándome. O tal vez haya muerto de angustia al descubrir que todas las dosis de La droga de la felicidad desaparecieron junto con el gordo de guardapolvo que nunca decía nada, que siempre acataba las órdenes sin chistar.

Las tengo acá.

Se las doy a Perla, una por noche, y ella se pone pelotuda de contenta y sonríe como los monos de Nueva Guinea, babeándose de felicidad.

Soy un viejo loco que escribe en el cuaderno sus memorias antes de marchar.

Tiene una hermana Perla.

Yo era un hombre dormido.

Tengo tantas cosas que probar…

Categorías: cortitas y al pie