Tal vez morí aquel día que le puse vencimiento a mis sueños, sin medir consecuencias (por supuesto), como ocurren las grandes tragedias.
_ ¿Qué es verdad? Pregunté, y una bofetada desgarró mi rostro.
Sí. El joven advirtió, sabio, como todo buen amigo. Mostró el sendero y caminó, pero: _ ¿Quién sigue a un loco que cree que la vida es hoy? Planté bandera, ingenuo.
Los días pasaron precisos, como calcados de un simulcop infinito. Primaveras blancas y grises.
El lo supo, quizás, pero ¿Qué no sabe un hombre de mirar horizontal?
Sí. Todo estuvo siempre allí, al alcance de aquellos que aprendieron a no calcular.
(La ignorancia a veces suele ser dulce, muy dulce).
Pesadilla. Muero aplastado mil veces cada noche. Paredes, techo, cielo raso, todo se derrumba y me aprisiona, y me asfixia. Y me despierto sudado, y paredes, y techo, y cielo raso me aprisionan y me asfixian y grito y él esta ahí, esperando, y no lo sigo (ese espejo muestra más de lo que quiero ver).
Ahora, ¿Como festejar la vida con este vino agrio?
El poeta dijo: “Desechad tristezas y melancolías. La vida es amable, tiene pocos días y tan sólo ahora la hemos de gozar”.
Bien muerto estás hijo de puta! El optimismo ya pasó de moda y la soledad (mi soledad) es oasis necesario en este arenal de mediocridad.
Transición. _ ¿acaso todo invierno es hastío? El duelo está hecho y en esta balanza maldita las derrotas saben a triunfos y el amor no se distingue de entre tanta porquería.
Confusión. El joven resiste (desorientado, solo).
Este purgatorio no es un lugar, es solo un paso necesario hacia lo incierto, sin túnel, sin luz, sin paz interior.
(El arco iris a veces se presenta en escala de grises).
Tal vez resucité aquel día, sí, cuando nuestros desencuentros confluyeron en su mirada y comprendimos en un instante que las distancias no son infinitas y las diferencias no son más que el yin y el yang que condimenta este gran estofado.
¿Excusa? Nunca. Tan solo un instante de su espontaneidad es razón suficiente.
Nuestro amigo espera (esta vez), el momento propicio para andar nuestro camino.
¿Qué es la verdad? No importa. Ya no hay garras ni sopapos, solo una risa que endulza y unos ojos traviesos que gritan que los sueños no son lastre sino fénix caprichosos que renacen, y mutan, y renuevan su utopía.
¿Optimismo? Tampoco, tan solo el bálsamo de saber que hay un quien y que hay un donde y que nuestros porqués caminan hoy en mejores pies.
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