El loco de la motosierra

La elección del lugar no fue sencilla, de hecho significó grandes discusiones con Lorena acerca de cual era el barrio indicado para vivir. Una cosa si teníamos en claro: los dos queríamos vivir en un sitio relativamente alejado, no en medio de la nada pero si en un área suburbana con pocos vecinos alrededor y lejos de los familiares y del ruido de los autos, un lugar con mucho verde donde poder llevar una vida tranquila “en contacto con la naturaleza”.

Luego de meses de recorrer inmobiliarias y suburbios, descubrimos casi por casualidad un terreno ubicado en el barrio “Los Troncos” que cumplía exactamente con nuestros requisitos. El lugar era hermoso, lleno de arboles añejos y grandes terrenos vacíos pero bien cuidados, las pocas construcciones que había eran casas de fin de semana o de veraneo que quedaban deshabitadas gran parte del año y nuestro terreno, el que al fin pudimos comprar, solo tenia un vecino, un hombre mayor que vivía solo, según pudimos averiguar, por lo demás era todo campo a su alrededor. El lugar sin dudas era perfecto y estaba a tan solo un par de kilómetros de la ciudad. Continuar leyendo

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Gaviotas

En ese entonces aún no lo sabia, sólo actuaba guiada por un impulso nacido desde sus entrañas. Una fuerza invisible que la abrumaba con sensaciones que su organismo aun desconocía.
La pubertad se habría paso a empujones en su cuerpo de niña imprimiendo un anticipo de la voluptuosa mujer en que se convertiría.

Aquel ultimo día de clases había permanecido como de costumbre, imbuida en la falsa seguridad que otorga la soledad a aquellos que se sienten diferentes. Sin embargo, aun cuando a lo largo de estos años nunca había logrado conformar una amistad verdadera con ninguna de sus compañeras, la certeza de saber que esa era la ultima vez que las vería la sumía en un dolor profundo, sincero y silencioso.
Fue entonces cuando oyó a Felicitas Beillington (la niña a quien sin saber porqué había admirado en silencio durante los últimos años) decir a una compañera que había recorrido todas las librerías y no pudo conseguir el ultimo libro de Stephen king recientemente publicado. Espontáneamente, con una impulsividad muy poco común en ella, gritó, entrometiéndose en la conversación:

– ¡yo lo tengo!

-Yo lo tengo -repitió ante la sorpresa de las demás chicas-, si queres te lo puedo prestar.

Al día siguiente, cuando Felicitas llamó a su puerta, un torbellino de gaviotas se agitó en su vientre provocándole una sensación de felicidad que nunca había experimentado, pero que dio paso a la angustia de saber que ese encuentro podría ser efímero, que tal vez solo se limitaría al simple acto de traspasar un objeto desde sus manos hacia las de ella y que con ese objeto podrían irse también las gaviotas y esos sentimientos indebidos pero extrañamente dulces que la invadían. Sin entender que le sucedía pero deseando que este encuentro se extendiera fue que decidió posponer la entrega del libro para el día siguiente bajo la excusa de que lo tenia una prima y que recién se lo traería a la noche.
Al día siguiente volvió felicitas a su puerta y con ella volvieron las mil alitas a arremolinarse en su interior.
Esta situación, este reencuentro diario, esta promesa inconclusa de préstamo se repitió durante poco mas de una semana hasta que un día, tal vez cansada de promesas, quizá por haber conseguido el libro en otra parte, o por mil otras razones que ya no importan, Felicitas dejo de concurrir.

El dolor de un corazón que se rompe por primera vez es un dolor profundo, certero, impiadoso, es un verdugo inquisidor que sabe como aplicar el tormento para conseguir el máximo sufrimiento mientras la vida discurre lentamente.

En ese entonces aun no lo sabia. Esos días extraños, cargados de magia y de descubrimientos, de sentimientos encontrados y de temores, esa felicidad tan suya, tan prohibida, tan clandestina convivió con ella escondida en las sombras, como un fantasma, acechando su adolescencia.
En ese entonces no lo sabía. Hoy sí lo sabe y esta dispuesta a gritarlo al mundo.

(basado en el cuento “felicidad clandestina” de C. Lispector)


El meteorito

Cuando ocurrió lo del meteorito yo tenía doce años recién cumplidos. Recuerdo que estaba en la sala haciendo los deberes cuando un silbido ensordecedor nos estremeció de tal manera que de un salto me zambullí debajo del sofá (nunca me había destacado por valiente) mientras mi padre, que por ese entonces era aficionado al resero blanco, gritaba empuñando el trabuco inservible que le había regalado el abuelo:

¡Nos atacan, nos atacan, los rojos nos atacan!

Nunca supe a que se refería mi viejo con los “rojos”. Tampoco recuerdo si fue por la pastillita que me daban por hablar solo, por la asfixia que me provocaba el polvo que cubría toda la casa o simplemente por el tremendo cagazo que tenia. Pero yo al escuchar a mi viejo solo pude pensar en un ejercito de “Bomberos locos” atacándonos enardecidos, “todo un boludo” .

La explosión que sucedió al silbido fue tremenda, la casa entera tembló y los muebles y los libros de las repisas caían como casitas de naipes. Luego de unos minutos, cuando todo se había tranquilizado, salimos al patio para ver que había sucedido. La nube de polvo se estaba disipando y, como a través de un vidrio sucio, pude ver que, donde antes estaba la cucha del bobi había un cráter de unos cinco metros de profundidad.

La situación era por demás extraña, mi padre seguía insistiendo con un ataque “de los bolches”, mientras algunos vecinos ya empezaban a hablar de un platillo volador, otros decían un asteroide, un aerolito y un montón mas de palabras raras terminadas en “ito” y en “oide” . Continuar leyendo


La Ardilla

El cagadón fue mio por haber largado a Gervasia entre los escombros. Eso lo supe tiempo despues, cuando los roedores se contaban por decenas y sus soretes decoraban todas las estanterias y alacenas de la casa.

La cosa empezó allá por junio cuando pipini aparecio con una enorme caja que apenas abarcaban sus bracitos y una sonrisa irresistible, mezcla de ternura y picardia: “mira lo que te traje tio, es tu regalo, me costo cincuenta y ocho pesos” dijo, dejando bien en claro que habia sacrificado su chanchito por mi cumpleaños.

La caja contenia una pequeña pecera de vidrio, una botellita “bebedero”, una rueda de ejercicio y por supuesto “la ardilla”. Continuar leyendo


¿?

Tal vez morí aquel día que le puse vencimiento a mis sueños, sin medir consecuencias (por supuesto), como ocurren las grandes tragedias.
_ ¿Qué es verdad? Pregunté, y una bofetada desgarró mi rostro.

Sí. El joven advirtió, sabio, como todo buen amigo. Mostró el sendero y caminó, pero: _ ¿Quién sigue a un loco que cree que la vida es hoy? Planté bandera, ingenuo.
Los días pasaron precisos, como calcados de un simulcop infinito. Primaveras blancas y grises.
El lo supo, quizás, pero ¿Qué no sabe un hombre de mirar horizontal?
Sí. Todo estuvo siempre allí, al alcance de aquellos que aprendieron a no calcular.
(La ignorancia a veces suele ser dulce, muy dulce).

Pesadilla. Muero aplastado mil veces cada noche. Paredes, techo, cielo raso, todo se derrumba y me aprisiona, y me asfixia. Y me despierto sudado, y paredes, y techo, y cielo raso me aprisionan y me asfixian y grito y él esta ahí, esperando, y no lo sigo (ese espejo muestra más de lo que quiero ver).

Ahora, ¿Como festejar la vida con este vino agrio?
El poeta dijo: “Desechad tristezas y melancolías. La vida es amable, tiene pocos días y tan sólo ahora la hemos de gozar”.
Bien muerto estás hijo de puta! El optimismo ya pasó de moda y la soledad (mi soledad) es oasis necesario en este arenal de mediocridad.

Transición. _ ¿acaso todo invierno es hastío? El duelo está hecho y en esta balanza maldita las derrotas saben a triunfos y el amor no se distingue de entre tanta porquería.

Confusión. El joven resiste (desorientado, solo).
Este purgatorio no es un lugar, es solo un paso necesario hacia lo incierto, sin túnel, sin luz, sin paz interior.
(El arco iris a veces se presenta en escala de grises).

Tal vez resucité aquel día, sí, cuando nuestros desencuentros confluyeron en su mirada y comprendimos en un instante que las distancias no son infinitas y las diferencias no son más que el yin y el yang que condimenta este gran estofado.

¿Excusa? Nunca. Tan solo un instante de su espontaneidad es razón suficiente.
Nuestro amigo espera (esta vez), el momento propicio para andar nuestro camino.
¿Qué es la verdad? No importa. Ya no hay garras ni sopapos, solo una risa que endulza y unos ojos traviesos que gritan que los sueños no son lastre sino fénix caprichosos que renacen, y mutan, y renuevan su utopía.

¿Optimismo? Tampoco, tan solo el bálsamo de saber que hay un quien y que hay un donde y que nuestros porqués caminan hoy en mejores pies.

Julian Silva, octubre de 2009

Sentencia mudanzaril

Antes de volver a mudarme prefiero atarme un piolin en los huevos y jugar al tiki-taka.

He dicho!


Japi Verde miju

Entiendo que hay un momento en la vida de cada persona en el cual nos cae la ficha de que ya estamos de vuelta. Supongo que ese darse cuenta debe ocurrir con mucho mas frecuencia en los aniversarios. Imagino: un limite, un quiebre, un darse de trompa contra el almanaque y decir “hasta acá llegue, a partir de hoy no hay mas festejos, a partir de ahora solo hay cuenta regresiva”.

Entiendo, supongo, imagino, que asi será para todos, en algun momento, en algun cumpleaños.

Yo ya pasé treintaytres,y sigo tan cabeza fresca como siempre, je je !!!

Escrito por Julian el 16-06-09