El loco de la motosierra

La elección del lugar no fue sencilla, de hecho significó grandes discusiones con Lorena acerca de cual era el barrio indicado para vivir. Una cosa si teníamos en claro: los dos queríamos vivir en un sitio relativamente alejado, no en medio de la nada pero si en un área suburbana con pocos vecinos alrededor y lejos de los familiares y del ruido de los autos, un lugar con mucho verde donde poder llevar una vida tranquila “en contacto con la naturaleza”.

Luego de meses de recorrer inmobiliarias y suburbios, descubrimos casi por casualidad un terreno ubicado en el barrio “Los Troncos” que cumplía exactamente con nuestros requisitos. El lugar era hermoso, lleno de arboles añejos y grandes terrenos vacíos pero bien cuidados, las pocas construcciones que había eran casas de fin de semana o de veraneo que quedaban deshabitadas gran parte del año y nuestro terreno, el que al fin pudimos comprar, solo tenia un vecino, un hombre mayor que vivía solo, según pudimos averiguar, por lo demás era todo campo a su alrededor. El lugar sin dudas era perfecto y estaba a tan solo un par de kilómetros de la ciudad.

Al principio sólo íbamos los domingos a cortar el pasto y a regar los muchos arboles que habíamos plantado, llevábamos las reposeras y el equipo de mate y nos quedábamos toda la tarde. En el lugar se respiraba silencio y eso nos encantaba. A nuestro vecino casi no lo veíamos. Seguramente aprovecharía los domingos para ir a misa o a visitar parientes.

La casa se construyó en poco tiempo con el dinero que obtuvimos a través de un crédito hipotecario. Como yo estaba haciendo doble turno en la empresa en la que trabajaba, casi no pude estar durante la construcción, tarea que llevó adelante una arquitecta amiga de mi mujer.

El día que nos mudamos no lo podíamos creer, la casa, el lugar, los arboles, todo era perfecto, como una postal del paraíso. Los pájaros entonaban para nosotros sus mas hermosas melodías y desde los arboles las ardillas nos sonreían. Creíamos que aquella llave que estaba a punto de hacer girar en la cerradura no era otra que la llave misma de la felicidad.

Esa noche hicimos el amor como nunca y nos dormimos abrazados antes del amanecer.

A las seis y media de la mañana un ruido infernal nos arranco de las sabanas, Lorena saltó de la cama golpeándose un codo contra la mesita de luz y yo corrí hacia la ventana sin entender nada, para ver de que se trataba semejante quilombo. Desde mi lugar en la ventana solo distinguía el campo apenas iluminado por un sol que empezaba a asomarse tímidamente sobre los arbustos.

Con los ojos hundidos fuimos a la puerta y al abrirla comprobamos que aquel sonido del demonio provenía de una motosierra prehistórica que nuestro vecino blandía como si se tratara de la espada del rey Arturo.

Buen día vecino —gritó el viejo— hay que prepararse pa´l invierno, che.

No le contesté. Recién estaba terminando febrero. “Los arboles no se podan en febrero”, pensé.

El tipo, un viejo sucio de unos setenta años, estaba descalzo y en cueros, vestido tan solo con un jean todo remendado que le llegaba apenas debajo de las rodillas, la piel de su cuerpo parecía cartón corrugado y tenia los pelos como una nutria cagada a palos. En sus manos sostenía una motosierra que debía ser la primera en venderse en nuestro país. Era una pieza de museo que emitía tanto ruido como humo.

Volvimos a la cama y estuvimos en trance, mirando el cielo raso durante horas mientras el viejo asesinaba fresnos a escasos metros de nuestra ventana.

Los días siguientes fueron peores. Cada mañana, apenas el sol teñía el horizonte, un motor a explosión arrancaba en la casa de nuestro único vecino transformando aquel paraíso en una verdadera pesadilla. No solo era la motosierra sino que el viejo tenia un verdadero arsenal de herramientas, cada una mas ruidosa que la otra.

Antes de cumplir una semana en nuestra nueva casa ya el sueño nos pateaba la nuca. Nuestra ojeras parecían los bolsillos mojados de una campera tendida al sol y puedo jurar que escuche a los pájaros putearnos mientras las ardillas, desde los arboles, se nos cagaban de risa.

El domingo ni lo vimos (al día me refiero), dormimos veinticuatro horas seguidas.

El lunes, mientras desayunaba sonidos estridentes, comprendí porque el barrio nos había causado tan buena impresión aquella primera vez, porqué los terrenos baldíos, que los había y muchos, estaban tan bien cuidados: el viejo vivía solo, estaba al pedo y como no tenia otra cosa para hacer se dedicaba a cortar el pasto y podar los arboles en cuatro kilómetros a la redonda.

También entendí porqué todas las casa estaban deshabitadas ¿quien podría vivir con el “loco de la motosierra como vecino”?

Por pedido de Lorena hablé con el viejo para pedirle que por favor nos deje dormir por lo menos hasta las ocho de la mañana. No quiso entrar en razón. Intenté negociar, propuse ayudarlo con la poda y con el pasto, hasta le ofrecí dinero, pero nada. El viejo estaba firme en la postura de “que hacia cincuenta años que se ocupaba del lugar y que ya había visto pasar a muchos como nosotros —decía— y que al final el único que terminaba haciendo todo el trabajo era el, y que si no fuera por el este lugar seria una tapera”.

Ojo por ojo y sueño por sueño. Este viejo no sabía con quien se estaba metiendo.

Si bien este no era el lugar que soñé, la venganza, a veces también se parece al edén.

El viejo es de acostarse temprano, ya a las seis de la tarde no se ve mas movimiento en su casa.

Hoy compré una motosierra, “la mas grande del mercado” dijo el vendedor. Le pedí al técnico que le quite el silenciador que traía incorporado.

Vamos a ver quien la tiene mas grande.

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Acerca de júlian

Nacido y criado en Baradero (Bs As), macho (dijo la partera), 34 años bien puestos (tengo todos los dientes y todos los pelos), hincha de independiente, de sportivo y de la renga, casi casado y casi con hijos (multitud de sobrinos), ingenuo, soñador y en firme determinacion de no abandonar la adolescencia. Ver todas las entradas de júlian

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