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Gaviotas

En ese entonces aún no lo sabia, sólo actuaba guiada por un impulso nacido desde sus entrañas. Una fuerza invisible que la abrumaba con sensaciones que su organismo aun desconocía.
La pubertad se habría paso a empujones en su cuerpo de niña imprimiendo un anticipo de la voluptuosa mujer en que se convertiría.

Aquel ultimo día de clases había permanecido como de costumbre, imbuida en la falsa seguridad que otorga la soledad a aquellos que se sienten diferentes. Sin embargo, aun cuando a lo largo de estos años nunca había logrado conformar una amistad verdadera con ninguna de sus compañeras, la certeza de saber que esa era la ultima vez que las vería la sumía en un dolor profundo, sincero y silencioso.
Fue entonces cuando oyó a Felicitas Beillington (la niña a quien sin saber porqué había admirado en silencio durante los últimos años) decir a una compañera que había recorrido todas las librerías y no pudo conseguir el ultimo libro de Stephen king recientemente publicado. Espontáneamente, con una impulsividad muy poco común en ella, gritó, entrometiéndose en la conversación:

– ¡yo lo tengo!

-Yo lo tengo -repitió ante la sorpresa de las demás chicas-, si queres te lo puedo prestar.

Al día siguiente, cuando Felicitas llamó a su puerta, un torbellino de gaviotas se agitó en su vientre provocándole una sensación de felicidad que nunca había experimentado, pero que dio paso a la angustia de saber que ese encuentro podría ser efímero, que tal vez solo se limitaría al simple acto de traspasar un objeto desde sus manos hacia las de ella y que con ese objeto podrían irse también las gaviotas y esos sentimientos indebidos pero extrañamente dulces que la invadían. Sin entender que le sucedía pero deseando que este encuentro se extendiera fue que decidió posponer la entrega del libro para el día siguiente bajo la excusa de que lo tenia una prima y que recién se lo traería a la noche.
Al día siguiente volvió felicitas a su puerta y con ella volvieron las mil alitas a arremolinarse en su interior.
Esta situación, este reencuentro diario, esta promesa inconclusa de préstamo se repitió durante poco mas de una semana hasta que un día, tal vez cansada de promesas, quizá por haber conseguido el libro en otra parte, o por mil otras razones que ya no importan, Felicitas dejo de concurrir.

El dolor de un corazón que se rompe por primera vez es un dolor profundo, certero, impiadoso, es un verdugo inquisidor que sabe como aplicar el tormento para conseguir el máximo sufrimiento mientras la vida discurre lentamente.

En ese entonces aun no lo sabia. Esos días extraños, cargados de magia y de descubrimientos, de sentimientos encontrados y de temores, esa felicidad tan suya, tan prohibida, tan clandestina convivió con ella escondida en las sombras, como un fantasma, acechando su adolescencia.
En ese entonces no lo sabía. Hoy sí lo sabe y esta dispuesta a gritarlo al mundo.

(basado en el cuento “felicidad clandestina” de C. Lispector)

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